Algunos aforismos sobre arte, artistas y crítica al estilo de Emile Cioran.

Miles de críticos aplicados durante un siglo entero a la obra de tan sólo algunos cientos de artistas. El corolario de este silogismo es la mitomanía de la modernidad.
Cientos de miles, quizá millones de artistas y tan solo algunos millares de críticos e historiadores para dar abasto. Ignoro qué consecuencias se pueden extraer de esta nueva circunstancia.
La historia del arte demuestra que lo que más necesitan los artistas en tanto que artistas es recibir de entrada unas buenas críticas demoledoras. Servicio que pocos críticos están dispuestos, dadas las actuales circunstancias, a prestar.
Las buenas, e incluso las malas causas, pueden convertirse en la excusa perfecta para muchos artistas mediocres. Aunque hay algunos grandes creadores de causas que merecen todo mi respeto como artistas.
Lo plástico pertenece hoy en día casi en exclusiva a la industria, por medio de ese gigante omnívoro y glotón, el diseño, inventado por el constructivismo y la Bauhaus. El artista es a menudo la víctima final de algo que él mismo concibió y contribuyó enérgicamente a impulsar.
Observo que en torno al artista hay una industria de la exposición, como en torno al indigente hay una industria de la caridad.
El arte se ha convertido en comparsa de otras disciplinas más interesantes: la semiótica, la antropología, la sociología, las ciencias políticas y morales, etc. Más interesantes, sobre todo, para las élites que las detentan.
A menudo hay más cultura en un buen libro de arte, escrito por sagaces críticos e historiadores, que en todo el arte que dio origen a ese libro, sin el cual, sin embargo, aquel no se hubiera podido escribir.
La exuberancia cultural es un lujo con el que todos los totalitarismos han intentado acabar. La contribución moral de los artistas ha sido, quizá sin proponérselo, diferenciarse, diversificarse y proliferar.
