Pensando en el sentido del fondo, me vienen a la cabeza un par de imágenes. Una fotografía de Roberto Botija sobre la que ya reflexioné antes y en otro lugar, y que capta la fusión casi total del cadáver de una cabra a un suelo encharcado. Y el célebre cuadro de John Everett Millais titulado Ofelia, donde se produce también cierto comercio entre un cuerpo exánime y su fondo, esta vez un feraz bosque atravesado por un arroyo.
La integración al fondo no es sino la desintegración de la figura, es decir, del cuerpo. El fondo, a su vez, me parece el límite de la intuición sensible, el tope con el que se encuentra, a distancia, el pensamiento, una de cuyas manifestaciones es la percepción.
De lo cual se puede extraer, al menos, una conclusión. La pintura y las artes fotográficas hacen cohabitar fondo y figura sobre la misma superficie. Producen este hecho sorprendente: el cuerpo limitando con lo inalcanzable. Lo que no puede suceder nunca en los mundos de vida, donde a todo fondo próximo o incluso contiguo, subyace siempre un fondo lejano, un fondo que se presume, acertadamente, más allá.
Y a este respecto, debemos mencionar, precisamente, el más insólito y evocador de los encuentros de una figura con el Fondo. Me refiero a la famosa escena del velero al final del largometraje El show de Truman de Peter Weir. Aquel instante mágico de la colisión del barco de Truman con la gran esfera, inesperado topetazo con los confines del gigantesco escenario en el que había transcurrido hasta ese momento su existencia vigilada.

Por fin, tocar el fondo, acceder al límite por excelencia. Colocarse en la última frontera y disponer, siquiera metafóricamente, del privilegio de cruzarla, es decir, de trascender (del latín trans cendere, ir más allá).