En la esfera misma.

Leo, al fin, tras larga búsqueda, Esferas II, de Peter Sloterdij. Comprendo gracias a su imprescindible lección y lectura, que he sido durante mucho tiempo, sigo siendo aún, un adorador, un abominador también, de la esfera, el más sublime, el más ominoso, de los símbolos del ser.
Figuradamente pertenezco, pertenecemos todos, pertenece todo, en realidad, a esta esfera. Dicho de otro modo, la esfera es un diagrama de la homogeneidad óntica de todo, de la equipertenencia de todo al todo.
Pertenece todo a la esfera. Lo que no está tan claro es cuál sea la exacta consistencia de la misma. Porque por una parte, el ser puede ser el pensar, según la célebre hipótesis de Parménides. Pero por otra, pensar es sobre todo atender a esta extensísima y rica, inagotable sustancia que se ofrece, quizá engañosamente, a mis sentidos, a mi conciencia, ocupando prácticamente todo su ancho de banda.
Entre las dos sustancias, la extensa y la pensante, la exterior de la interior y la interior toda, o viceversa, me debato.
En cualquier caso: en la esfera misma. Porque en un sentido u otro, para bien o para mal, la esfera no ofrece, no puede ofrecer, una vía de escape. Si te consideras alguna vez completamente extraviado, fatalmente despojado: “el recuerdo mismo del centro de la esfera se transforma inmediatamente en un ejercicio terapeútico”, dice Sloterdij. No te alarmes, eres lo que eras, donde estabas estás, a dónde vas y de dónde vienes, es lo mismo.
Pero si de todo quieres trascender, si el ser quieres de la manera que sea traspasar, ya puedes ir olvidándote: “el ser, como la casa, no pierde nada”.
El ser no pierde: terrorífica y, a un tiempo, tranquilizante conclusión.