Cuaderno de viaje IV: contar desde el otro lado.
Es 27 de noviembre de 2009.
Estoy en el balcón porticado del corredor de madera del Centro Coreográfico de la Gomera.
El público que ha venido a ver la presentación de mi trabajo está frente a mí y me miran. Estamos todos de pie, y nos miramos, y esto tan sencillo, como mirarnos, estuvo bastante bien.
Digo unas breves palabras sobre el proyecto y el funcionamiento de la pieza y entramos en el espacio, cada uno de ellos con un cojín o una silla se colocan donde quieren. Al final, pegaditos a la pared, pero esta vez yo lo he pedido así, les dije – donde queráis menos en la mitad-, ellos se rieron y estuvo muy bien también oir sus risas.
Se respira silencio…
La sala es alargada y la iluminación es blanca, el suelo
es blanco, y yo me coloco de pie en la pared del fondo.
Frente a mí se abre la sala a lo largo, en los laterales sentados el público, expectantes,tranquilos, oigo sus respiraciones, su quietud y su paciencia.
Suena una grabación, es el sonido de agua cayendo sobre agua, suave.
Después de dos minutos se suman voces, primero habla María, una mujer de 60 años vecina de un pueblecito de La Gomera, de acento cerrado como suele ser entre las personas de los barrancos de la isla, y cuenta cómo antes se reunían las gentes de los pueblos vecinos a hacer bailes, como hasta hace poco mas de quince años no había electricidad, ni agua corriente y cómo tenían que bajar el agua…
Así se suceden diferentes testimonios de vecinos respondiendo a una pregunta: ¿qué es para tí la barbaridad?…
El mejor es el de Marcelo, hijo de María, pero este me lo reservo, mejor es oirlo en vivo.
Mientras tanto yo ya he comenzado mi desplazamiento, me encamino hacia el fondo de la sala, atravesándola centralmente en línea recta, al fondo hay una puerta.
Mi tiempo es tranquilo pausado, juego en un estado cotidiano con gestos, posturas, actitudes, legibles y reconocibles, haciendo evidente cómo hacemos, cómo nos movemos, cómo nos comportamos; las voces tras de mí se acaban cuando yo he alcanzado ya la mitad de la sala, solo queda el sonido suave de la gota de agua.

En la esquina de la izquierda, al fondo de la sala está Jim Kline, al verme llegar al centro coge su flauta nórdica y comienza a emitir un sonido bajo sostenido. Yo avanzo en el espacio en un estado de continuo movimiento de gesto a gesto, de postura a postura, Jim introduce con su guitarra de 11cuerdas y cuerpo de arpa adosado, una melodía sencilla, a penas tres o cuatro notas que se repetirán infinitamente creando una atmósfera de eterna duración, mientras tanto la flauta improvisa en diferentes duraciones con la misma nota.
Juego a transformar la gesticulación, desdibujándola, creando un mapa de movimientos de naturaleza extraña, de comportamiento ilegible, que no se dejan aún abandonar a una mounstruosidad pero rozan un aspecto cavernoso, y poco público.
El final de la música llega cuando me hallo de frente a la puerta del fondo de la sala, la abro y entro en la otra estancia.
Es una sala pequeña, oscura, el resto se queda fuera mirando desde el quicio de la puerta.
Comienza la proyección de un vídeo, es una animación foto a foto.
Cuando acaba una luz blanca permanece proyectándose en la pared y yo cruzo hacia el fondo de esta pequeña estancia andando desde la luz del proyector que está apoyado en el suelo, creando una sombra inmensa que va disminuyendo a medida me alejo de la luz…
Intervengo en la luz que sale del proyector.
Fernando el técnico del equipo del Centro, tapa y destapa con una frecuencia de dos segundos entre acción y acción, como si se tratase de una película a la que se le quitan sucesivamente dos fotogramas cada dos fotogramas.
Yo alterno distancias y construyo lecturas diferentes con la producción de mi propia sombra.
Hasta que la luz desaparece definitivamente.
